lunes, enero 10, 2011

''La lectura es una manera de vivir''



Sería oportuno preguntarse si alguna vez existieron niños lectores, y si al adulto le importa que contraigan tan impertinente vicio, a contramano del mundo en que vivimos.

El problema poco tiene que ver con los chicos. El problema consiste en que nuestra sociedad aborrece la cultura, y lo disimula aparentando reverencia por los intelectuales y la Feria del Libro.

El modesto gueto de los lectores sobrevive penosamente a las diversas agresiones que procuran su aniquilamiento. La agresión de las clases mandantes, que mantienen a oscuras a sus subordinados porque todo lector es un disidente en potencia. La de grupos que, de manera ancestral, desconfían del libro (o Código) y de la persona "leída" como causante de sus desdichas. El lema "Alpargatas sí, libros no" sigue vigente, sustituibles las honradas alpargatas por Adidas y botas. La frase sintetiza nuestra imbatible irracionalidad: siempre la opción, jamás la suma.

Además de estas enemistades, hay que enfrentar la peor: la artillería industrial que procura reemplazar el libro por cualquier bazofia impresa de venta fácil y compulsiva.

Los niños lectores fueron siempre un minúsculo reducto de "raros". No abundaban en la era pretelevisiva, casi diría que escaseaban más que hoy, cuando los estímulos abundan gracias a un natural progreso económico y social, y pese a él.

El niño lector, lamento decirlo, no puede surgir sino de una casa donde haya libros y se usen. No importa qué libros: recetarios, novelones, tratados, enciclopedias. Pero libros. Y que los mayores los devoren, manoseen, presten y comenten.

En otras épocas y latitudes, en toda casa había por lo menos uno: la Biblia, y solía leerse en familia. Con él bastaba y sobraba. Habrá quien diga que no es lectura para menores. En ese caso, que cambie a Sansón por el Increíble Hulk, y todos felices.

(...)El niño lector es un bicho raro, y a la familia nadie le enseña a cultivarlo sin aprensión. El pequeño corre el riesgo de ser alguien "feliz en palabras, por lo tanto desdichado en hechos" (Bachelard).

Primero Proust y luego Victoria Ocampo celebraron los recuerdos unidos a lugares de lectura: patios, jardines, espacios que, si hoy escasean, podrían ser reemplazados por ese segundo hogar de las bibliotecas ¡ay! ausentes como la paz del alma e indeseadas como la música clásica.

La lectura no da plata, no da prestigio, no es canjeable, no sirve para nada. Es una manera de vivir, y los que de esa manera vivimos querríamos inculcarla en el niño y contagiarla al prójimo, como buenos viciosos.

Nada quisimos ganar con la lectura, sino seguir leyendo. Sólo aspiramos a no morir antes de llegar al final de Los miserables. Por ese hábito perdimos trenes, empleos, novios, concursos, status, ascensos y días de sol.

Nos hicimos niños en La cabaña del Tío Tom y adolescentes con un implacable padre llamado Martínez Estrada, que nos enseñó que Dios no era argentino.

Preferimos el oprobio antes que abandonar a mitad de camino a la heredera de Washington Square o traicionar a Iván Karamazov. Nos hicimos mujeres con Simone de Beauvoir, y hombres enganchándonos en los barcos de Conrad.

Ahora, cuando intercambiamos en el gueto páginas y comentarios, con la secreta ansiedad de los conspiradores, somos felices, pero melancólicamente pocos. Querríamos que los niños nos acompañaran, emularan y compartieran esa dicha, esa fatalidad, ese desinterés.

¡Pobres grandotes zonzos y pobres niños de cabecitas reducidas!

María Elena Walsh (De "Desventuras en el País-Jardín de Infantes") 

sábado, abril 03, 2010

Hipatia y la Biblioteca de Alejandría




¨El último científico que trabajó en la Biblioteca fue una matemática, astrónoma, física y jefe de la escuela neoplatónica de filosofía: un extraordinario conjunto de logros para cualquier individuo de cualquier época. Su nombre era Hipatia. Nació en el año 370 en Alejandría. Hipatia, en una época en la que las mujeres disponían de pocas opciones y eran tratadas como objetos en propiedad, se movió libremente y sin afectación por los dominios tradicionalmente masculinos. Todas las historias dicen que era una gran belleza. Tuvo muchos pretendientes pero rechazó todas las proposiciones matrimoniales. La Alejandría de la época de Hipatia —bajo dominio romano desde hacía ya tiempo— era una ciudad que sufría graves tensiones. La esclavitud había agotado la vitalidad de la civilización clásica. La creciente Iglesia cristiana estaba consolidando su poder e intentando extirpar la influencia y la cultura paganas. Hipatia estaba sobre el epicentro de estas poderosas fuerzas sociales. Cirilo, el arzobispo de Alejandría, la despreciaba por la estrecha amistad que ella mantenía con el gobernador romano y porque era un símbolo de cultura y de ciencia, que la primitiva Iglesia identificaba en gran parte con el paganismo. A pesar del grave riesgo personal que ello suponía, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar, cayó en manos de una turba fanática de feligreses de Cirilo. La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado. Cirilo fue proclamado santo.


La gloria de la Biblioteca de Alejandría es un recuerdo lejano. Sus últimos restos fueron destruídos poco después de la muerte de Hipatia. Era como si toda la civilización hubiese sufrido una operación cerebral infligida por propia mano, de modo que quedaron extinguidos irrevocablemente la mayoría de sus memorias, descubrimientos, ideas y pasiones. La pérdida fue incalculable. En algunos casos sólo conocemos los atormentadores títulos de las obras que quedaron destruidas. En la mayoría de los casos no conocemos ni los títulos ni los autores. Sabemos que de las 123 obras teatrales de Sófocles existentes en la Biblioteca sólo sobrevivieron siete. Una de las siete es Edipo rey. Cifras similares son válidas para las obras de Esquilo y de Eurípides. Es un poco como si las únicas obras supervivientes de un hombre llamado William Shakespeare fueran Coriolano y Un cuento de invierno, pero supiéramos que había escrito algunas obras más, desconocidas por nosotros pero al parecer apreciadas en su época, obras tituladas Hamlet, Macbeth, Julio César, El rey Lear, Romeo y Julieta.¨ (pp. 335-6).
¨Es evidente que allí estaban las semillas del mundo moderno. ¿Qué impidió que arraigaran y florecieran? ¿A qué se debe que Occidente se adormeciera durante mil años de tinieblas hasta que Colón y Copérnico y sus contemporáneos redescubrieron la obra hecha en Alejandría? No puedo daros una respuesta sencilla. Pero lo que sí sé es que no hay noticia en toda la historia de la Biblioteca de que alguno de los ilustres científicos y estudiosos llegara nunca a desafiar seriamente los supuestos políticos, económicos y religiosos de su sociedad. Se puso en duda la permanencia de las estrellas, no la justicia de la esclavitud. La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos descubrimientos no fueron explicados ni popularizados. La investigación les benefició poco. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor se aplicaron principalmente a perfeccionar las armas, a estimular la superstición, a divertir a los reyes. Los científicos nunca captaron el potencial de las máquinas para liberar a la gente. Los grandes logros intelectuales de la antigüedad tuvieron pocas aplicaciones prácticas inmediatas. La ciencia no fascinó nunca la imaginación de la multitud. No hubo contrapeso al estancamiento, al pesimismo, a la entrega más abyecta al misticismo. Cuando al final de todo, la chusma se presentó para quemar la Biblioteca no había nadie capaz de detenerla.¨ (pp. 333-5)
Carl Sagan / Cosmos
Extraído de: http://www.bib.uc3m.es/~nogales/csagan.html


La Memoria siempre olvida alguna verdad - Rosa Montero










La memoria histórica es, ya se sabe, partidista. No es sólo una versión parcial e interesada del pasado. Los pueblos exterminados, por ejemplo, carecen de relato, porque no queda nadie capaz de hablar por ellos.

A propósito de esto hay un relato conmovedor del naturalista alemán Humboldt, que realizó un famoso viaje científico a Centroamérica en el año 1800. Un día su expedición encontró los restos de una aldea en mitad de la selva. Allí había vivido durante muchos años la tribu de los Atures, pero los Caribes, un pueblo de violentos guerreros, acababan de asaltar el lugar, matando a sus habitantes.

En medio de ese paisaje dantesco, un loro de brillantes colores saltaba de rama en rama, parloteando rápidos vocablos indescifrables: era la lengua de los Atures, que ya nadie podría comprender, porque habían sido aniquilados.

Siempre me ha acongojado pensar en todas las historias colectivas que jamás conoceré, porque sus protagonistas fueron borrados de la faz de la Tierra…”


Rosa Montero 

Texto completo en:  







”Nuestros intérpretes no pudieron ofrecernos ningún informe cierto sobre la antigüedad de estas vasijas. La mayor parte de los esqueletos no parece tener más de cien años. De acuerdo con una tradición que circula entre los indios guareques, los valientes aturianos, perseguidos por los caribes antropófagos, se refugiaron entre los peñascos de las cataratas, mansión lúgubre donde la desdichada población pereció junto con su idioma. (...) La última familia de los aturianos posiblemente se extinguió en una época muy reciente, pues en Maipures vive aún, ¡cosa singular!, un viejo papagayo que los indígenas no comprenden, pues habla, según ellos, el dialecto de los aturianos.





La noche siguiente abandonamos la gruta (...) nos alejamos, tristes y soñadores, de la sepultura de aquel pueblo aniquilado. Era una noche fresca y serena, tan común en los trópicos. El disco de la luna, rodeado de aliños coloreados, brillaba en el cenit, iluminando los nítidos bordes de la niebla que, como una nube, cubría el encrespado río. Miríadas de insectos esparcían una fosforescencia rojiza sobre la tierra cubierta de hierbas. El suelo fulguraba con un fuego animado, como si la bóveda estrellada hubiera descendido sobre la pradera. Bignonias trepadoras, vainillas aromáticas y banisteria de flores amarillas decoraban la entrada de la caverna. Por encima del sepulcro, zumbaban las cimas de las palmeras.

Así se desvanecen las generaciones humanas y la fama de las naciones. Pero si el genio se marchita como una flor, si las obras de arte perecen en el naufragio de los tiempos, una nueva vida sale a la luz del seno de la tierra. Siempre activa y fecunda, la naturaleza desenvuelve sus gérmenes, sin preocuparse si el orgulloso mortal, de casta jamás endurecida, aplasta bajo sus pies el fruto que muere.”








Breviario del Nuevo Mundo / Alexander Von Humboldt ; colaboración de Oscar Rodríguez Ortiz. Caracas : Fundacion Biblioteca Ayacucho, 1993. p.84-85
Texto completo en:  

domingo, enero 31, 2010

El libro y no la espada fue lo que creó el país” Tomás Eloy Martínez


Antes aún de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba por desentrañar el significado que ocultaban las formas de las letras, le formulé a mi padre una pregunta que él me repitió poco antes de morir, porque en su momento no la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora: ¿somos nosotros quienes creamos las palabras que nombran las cosas de la realidad o las cosas nacen de las palabras que las nombran?
Los filósofos y semiólogos han respondido de muchas maneras a esa cuestión que acabo de formular tan torpemente como en la infancia, pero la duda nunca dejó de estar ahí. Sé –al menos, eso sé– que avanzamos en la selva de lo desconocido asociando palabras. Leemos para imaginar. Leemos para aprender cómo es la respiración del mundo. Y, a veces, también leemos para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos, sino de otra manera. Todo y todos somos, a cada instante, otros. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar.
Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente. Alguna vez he contado que escribí mi primer relato a los nueve o diez años, para salvarme de la prohibición de leer que mis padres me impusieron como castigo durante un mes por un delito de desobediencia. Pero aquello que escribí era sólo un resumen de lo que había leído, un magma en el que el mundo no era como era, sino como a mí me parecía que debía ser. Tiempo después, leyendo a Walter Benjamin, aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por ser otro, por estar en otros: "Narrar no sólo es significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa -dice Benjamin-. Es significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro propio destino". En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.
El primer libro completo que leí en mi vida fue una colección de cuentos de los hermanos Grimm, de la editorial Molino, con unas ilustraciones que acentuaban el terror de aquellas historias melancólicas, en las que nada nunca se lograba por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal. Más tarde, entre los siete y los nueve años, me convertí en un devoto sin remedio de las novelas de Alejandro Dumas y de Julio Verne. Cada vez que he tenido en la vida una situación de desesperanza -y vaya si las he tenido: enfermedades, exilio, pérdida de personas amadas-, volví a esos libros de la infancia para que me devolvieran la fe en que todo regresa, de una manera u otra: todo puede ser recuperado. Así, he releído por lo menos cuatro veces dos novelas de construcción perfecta, El conde de Montecristo y La reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano los lunares de arquitectura que no tienen.
En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones de Dios, herederos de un saber inagotable. Todas las mañanas iba en busca de libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán, cien metros al norte de la Casa de la Independencia, y mientras devolvía los préstamos del día anterior les pedía consejo sobre las lecturas siguientes. Gracias a ellos, alcancé, entre los once y los dieciocho años, el inolvidable conocimiento de Heródoto, de los diálogos de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles, las seis grandes tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora y de Quevedo, las Novelas ejemplares de Cervantes y, por supuesto, el Quijote. Por las noches, nos bañábamos con mis amigos en las aguas purificadoras de la poesía más nueva. Atravesábamos como poseídos los mares de lágrimas de César Vallejo para subir después a las montañas de Neruda, o bajar hacia los valles de Rilke, de Mallarmé, de Baudelaire, de Cernuda, como si las voces del mundo fueran en verdad una sola voz inagotable. En el invierno de mis trece años me enfermé de una tuberculosis imaginaria por identificarme con los personajes de La montaña mágica, de Thomas Mann. Poco después, las ficciones de Faulkner me produjeron insomnios recurrentes. Uno de los visitantes de la biblioteca me recomendó entonces que leyera El proceso, de Franz Kafka, porque nadie podía, según me dijo, resistir el sopor del primer capítulo. El falso remedio agravó mi enfermedad. Apenas puse un pie dentro de Kafka, entré en un laberinto del que no he salido todavía, yendo de La metamorfosis a La condena y de El castillo a la Carta al padre. Y, por supuesto, en las orillas de esos sistemas solares estaba Borges, construyendo dentro de mí su propia galaxia.
Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental: ya sea el Pentateuco, la Torah, los Evangelios, el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas, el Chilam Balam y el Popol Vuh de la América anterior a Colón. Algunas pocas naciones han tenido también la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres para los cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra nación argentina es hija de ese privilegio. Desde mediados del siglo XIX, letrados como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron con pasión en el país que querían para las generaciones sucesivas. Infinitas veces disintieron en los detalles y polemizaron con acritud, pero las prioridades del modelo argentino fueron, para todos, siempre las mismas: la salud, la educación, la igualdad ante la ley, la modernidad, la apertura de las puertas a la inmigración europea, que entonces era aluvional. Hacia 1850, Sarmiento inició una de las más admirables revoluciones pacíficas del siglo, un torbellino comparable a la marcha de la sal de Gandhi ochenta años más tarde. Lo que propuso Sarmiento fue crear otra vez el país, pero a partir del libro, apagar con civilización los fuegos de la pasada barbarie. "Para tener paz en la República Argentina -escribió- es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, darles a todos lo mismo, para que todos sean iguales." De ese principio nació la ley de educación común, gratuita, laica y obligatoria, que abriría en la Argentina las puertas a la movilidad social, permitiría la expansión de la clase media y sería la fuente de la grandeza que este país alcanzó antes de 1930. En esa tradición crecimos y nos educamos. Y por esa tradición seguimos creyendo, durante tanto tiempo, que el país sería siempre mejor.
Sarmiento puso su obstinación indomable en lograr la sanción de aquella ley. Tropezó durante décadas contra la oposición férrea de la Sociedad de Beneficencia, que regía la educación pública con fondos del Estado. Lo consiguió una década después de abandonar la presidencia de la República, en 1884. Tenía 73 años y le faltaban cuatro para morir. Una Feria del Libro estaba entonces más allá de los sueños de cualquiera de aquellos titanes. Ninguno de ellos habría estado ausente en una ceremonia que recuerda, año tras año, que está nación fue creada no por la espada sino por el libro: la civilización en el desierto infinito dejado por la barbarie.
América latina entera se miró durante décadas en el espejo de nuestros libros: en los que escribíamos y en los que publicábamos. Recuerdo cuánto le admiraba a Gabriel García Márquez, en el invierno de 1967, que las librerías de Buenos Aires estuvieran abiertas hasta altas horas de la noche y que las amas de casa regresaran de los mercados con libros que se compraban como artículos de primera necesidad, junto con las lechugas y el pan de los almuerzos. Dondequiera que fui después en América latina, me encontré con hombres y mujeres que debían su formación a los libros y revistas de la Argentina. Tanto en Barranquilla como en La Habana o en Guadalajara y en Panamá, los libreros ni siquiera tenían tiempo de deshacer los paquetes que les llegaban desde Buenos Aires, porque los lectores se precipitaban ansiosos sobre aquellos volúmenes que les iluminaban el mundo. Los tiempos son ahora otros, y la miseria ocupa en muchos hogares el lugar que tenía antes el conocimiento. Las batallas de estos tiempos de globalización no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, sino para que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre de ver el libro como un modo de verse también a sí mismos. Junto con océanos de informaciones por procesar y de libros por leer, la globalización ha engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las personas. Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a forma alguna de educación, y más de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias y, con frecuencia, lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir. En la Argentina, la educación obligatoria de Sarmiento es ahora una utopía más inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables chicos siguen sin poder ir a la escuela porque tienen que ayudar a ganar el pan de sus padres, y los que van no lo hacen para aprender sino para comer, porque a muchos de ellos la escuela les ofrece la única comida del día.
Aun con recursos inferiores a los que harían falta, desde el Ministerio de Educación se ha emprendido ahora una campaña esperanzadora, tendiente a que cada niño tenga un libro. Sólo en 2005 se han invertido en esa campaña más de cien millones de pesos. Es apenas el comienzo, pero un comienzo mucho más luminoso que el páramo sin salida de las décadas anteriores, cuando, en vez de estimular la lectura, los libros se quemaban, ya fuera en las piras reales que se encendieron en algunos cuarteles, ya en las piras simbólicas de los años 90, cuando las bibliotecas fueron sustituidas por una larga fiesta analfabeta. Sería injusto no advertir la diferencia.
Lamento que una agenda colmada de compromisos (supongo) no le haya permitido al presidente de la República estar ahora con nosotros, porque si bien han llegado hasta aquí algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos actos, cada año, en que la presencia del jefe del Estado es insustituible. El de hoy es uno de esos actos, porque así lo enseñan la tradición y el destino de los argentinos. Esta celebración del libro tiene que ver con la nación que fuimos, pero, sobre todo, con la nación que queremos volver a ser: una nación de iguales, en la que todos tengan el mismo derecho a educarse y a vivir dignamente. "Las escuelas son la democracia", escribió Sarmiento. Fuimos fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de nación estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos construyendo los años por venir?
Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se negaron a leer. Como los comandantes no leían, lo único que los afectaba era lo que oían. Y, por lo general, oían lo que querían. Con el poder iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia y monosílabos. Después, durante los años en los que el país fue sometido a un voraz remate, el acto de pensar se volvió ineficaz e inútil. Para prosperar, ya no era preciso leer: es decir, no hacía falta pensar. Se impuso el hábito de la discusión frívola. En vez de debatir ideas, se debatían actos de viveza. ¡Cuánto nos ha costado salir de ese pantano en el que estábamos estancados, huérfanos del libro! ¡Cuánto puede costarnos todavía encontrar un proyecto de nación que nos una a todos! ¡Y qué difícil va a ser lograrlo si no entendemos, como tempranamente lo entendió Sarmiento, que educar al pueblo en la verdadera democracia es permitir que todos aprendan lo mismo para que, al menos en el caudal de oportunidades, todos sean iguales!
El libro regresa ahora a lo que era en sus orígenes: una voz común que vamos creando día tras día. El conocimiento humano ha ido avanzado desde las narraciones en las cavernas a las discusiones en el ágora, y desde los manuscritos de los monjes y de los cortesanos a los tipos móviles de Gutenberg, y desde allí otra vez al ágora en la que todos participamos, a través de construcciones colectivas en la Red, como Wikipedia, esa inacabable enciclopedia a la que todas las culturas entregan su aportes, a través de weblogs o de novelas y poemas que se componen a cien manos. Ahora, como en el pasado, estamos escribiendo entre todos el infinito libro de la especie humana. Pero el libro tal como lo conocemos, es decir, el objeto rectangular de cartón o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de papel cubiertas de signos, perdurará y prevalecerá durante mucho tiempo todavía, porque siempre habrá alguien que prefiera una relación de intimidad con un autor de esa manera, a través de las páginas que van cobrando vida mientras se abren. Sea cual fuere la forma que asuma, "la inextinguible voz humana sigue hablando", tal como lo dijo William Faulkner en su discurso del premio Nobel. "La inextinguible voz humana no sólo perdurará, sino también prevalecerá, porque tiene un alma que se expresa en el libro, un espíritu capaz de compasión, y de sacrificio, y de persistencia."
El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre termina abriéndose paso. La adversidad parece fortalecerlo. Aun en los peores tiempos, las ideas que después se transformaron en palabras han soslayado las censuras y las mordazas para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptibles e insumisas cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria es también la memoria de la especie humana. He dicho ya que esta nación es hija del libro antes que hija de sus batallas. Es hija del mandato que Sarmiento dejó hace siglo y medio, "Las escuelas son la democracia", gracias al cual, aun en medio del infortunio, mantuvimos en alto la memoria de nuestra pasada dignidad y la certeza de que tarde o temprano íbamos a recuperarla. El libro nos ha salvado. Salvemos ahora nosotros al libro de la indiferencia de los que mandan, de la ceguera de los que creen que es posible vivir sin él, de la estupidez de los que imaginaron que acabarían con él quemándolo o prohibiéndolo. Salvemos al libro, porque en el libro ha estado siempre lo mejor de nosotros. © LA NACION
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

En: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=799206

martes, diciembre 01, 2009

Pennac y la lectura

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  La intimidad perdida...
 Visto ahora en este comienzo de insomnio, aquel ritual de la lectura, cada noche, al pie de su cama, cuando él era pequeño -hora fija y gestos inmutables-, se parecía un poco a la oración. Aquel armisticio que seguía al estruendo del día, aquel reencuentro al margen de cualquier contingencia, aquel momento de silencio recogido antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz al fin semejante a sí misma, la liturgia de los episodios...  Sí, la historia leída cada noche cumplía la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa, y que sólo afecta a los hombres: el perdón de las ofensas. Allí no se confesaba ningún pecado, ni se buscaba conseguir un pedazo de eternidad, era un momento de comunión entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres.
 El amor adquiría allí una piel nueva.
 Era gratuito.


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 Gratuito. Así es como él lo entendía. Un regalo. Un momento fuera de los momentos. Incondicional. La historia nocturna le liberaba del peso del día. Soltaba sus amarras. Se iba con el viento, inmensamente aligerado, y el viento era nuestra voz.
 Como precio de este viaje, no se le pedía nada, ni un céntimo, no se le exigía la menor contrapartida. Ni siquiera un premio (Ah!, los premios..., los premios había que ganárselos!) Aquí todo ocurría en el país de la gratuidad.

 La gratuidad, que es la única moneda del arte.


En: Como una novela / Daniel Pennac ; trad. por Joaquín Jordá. Barcelona : Anagrama, 1992. (Pág 31-32)

jueves, agosto 13, 2009

Honduras. Comunicado de Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional (Argentina)


Honduras

En nombre de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, ante los graves acontecimientos de Honduras, repudiados por la opinión pública democrática internacional, les hago llegar también nuestra invitación para que en conjunto, por medio de ABINIA (Asociación de Bibliotecas Nacionales Iberoamericanas), las Bibliotecas Nacionales Latinoamericanas y del Caribe, y asimismo las de España y Portugal, intervengan con su peso cultural e intelectual para impedir que el estado de sitio declarado en las instituciones culturales del país hermano por la nueva ministra de cultura del golpe militar, afecte su digno funcionamiento. Se trata del Centro Documental de Investigaciones Históricas de Honduras (CDIHH), integrado por el Archivo Nacional, la Dirección General del Libro y el Documento de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes, la Biblioteca Especializada de Antropología y Archivo Etnohistórico del Instituto Hondureño de Antropología, intervenidos por los golpistas. El repudio a estas medidas específicas se sumará también a las acciones necesarias para contribuir a la lucha para que cese la intervención militar, que si prospera, abriría un grave capítulo antidemocrático en la historia de nuestros pueblos. No podemos permanecer indiferentes ante la suerte de nuestros colegas, trabajadores de instituciones culturales afines a las nuestras, y al destino del pueblo hondureño.

Ante esta nota, el Secretario General de ABINIA ha respondido que “lo correcto sería solicitar el pronunciamiento de cada una de las bibliotecas nacionales iberoamericanas, como instituciones”. Concordando con esta opinión, pero reconociendo la premura de una situación ante la que no debemos permanecer indiferentes, me animo a reenviar esta sugerencia de realizar un pronunciamiento común. Daré a conocer al mismo tiempo a los medios de prensa este documento.

Dr. Horacio González

Director de la Biblioteca Nacional

de la República Argentina

Devastación de las bibliotecas niponas


LA DEVASTACIÓN DE BIBLIOTECAS JAPONESAS
DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Fuente: http://www.cebi.org.mx/niponas.html

Felipe Meneses Tello
fmeneses@correo.unam.mx

[...] debemos estar alertas para no
sobrestimar a la ciencia y a los métodos científicos
cuando se trata de problemas humanos".
Albert Einstein

Día: 6 de agosto Año: 1945 Hora: 8:15 Lugar: Hiroshima

Una de las ciudades más atractivas de Japón y hasta ese fatídico día poco afectada por la guerra, sería destruida a consecuencia de la bomba atómica que arrojó el B-29, el "Enola Gay", comandado por el coronel Paul W. Tibets. Resultado: más de cien mil muertos, 15 mil heridos graves y 30 mil "leves". Los efectos de la bomba, como sabemos, se han prolongado hasta hoy en día por la irradiación nuclear, producto del famoso Proyecto Manhattan.

A más de cincuenta años de distancia, los estudiosos de la II Guerra Mundial han demostrado científicamente que el Imperio del Sol Naciente estaba, sin esperanza alguna, derrotado militarmente desde la conquista norteamericana de la isla de Okinawa; esto es, a partir de la primavera de 1945. En el verano, el portento de la fuerza aérea nipona (portaaviones, aeródromos, etc.) y el grueso de la industria bélica de esa nación oriental habían sido destruidos sistemáticamente por el ejército estadounidense. La infantería del ejército nipón presentaba escasez de petróleo. Día tras día, los aviones aliados colaboraban con su cuota de fuego: miles de bombas incendiarias eran arrojadas sobre los principales centros industriales de Tokio, Osaka, Kobel, Kyoto, y otros, diezmando a la población civil. Los que sobrevivían del terror aéreo, el hambre daba cuenta de ellos, pues las reservas de arroz se habían agotado. La derrota del Japón era inminente.

No obstante, la astucia de los Aliados, el silencio del Consejo Supremo de Guerra nipón ante el Ultimátum de Postdman, en el que se exigía la rendición incondicional del imperio, así como la heroicidad con que combatían las tropas japonesas, fue lo que decidió el uso de la bomba atómica contra Hiroshima, y tres días más tarde sobre Nagasaki. El 10 de agosto Japón capitulaba.

P. O. Keeney, uno de los autores occidentales que abordó poco tiempo después la devastación de las bibliotecas niponas durante la II Guerra Mundial, afirmó que la destrucción de ese tipo de fuentes de información fue mayor en los países agredidos que en las naciones agresoras. De acuerdo con la historiografía bélica, al imperio de Hiroito ¿cómo se le puede considerar, acorde a la premisa de Keeney? Sin duda que se le debe ubicar principalmente en el grupo de naciones agredidas; sí, pese a su agresión alevosa que perpetró contra la base norteamericana de Pearl Harbour el 8 de diciembre de 1941, y de haber pertenecido a los países del eje, los cuales enarbolaban la bandera del fascismo. El grado de destrucción que sufrió y la geográfica en donde desarrolló su táctica y estrategia militares, sostiene este punto de vista.

Seguir leyendo en:

http://www.sld.cu/sitios/bmn/buscar.php?id=10900&iduser=4&id_topic=17

miércoles, agosto 05, 2009

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La inestabilidad laboral debido a la crisis, ha propiciado un aumento de personas que se decantan por la oferta de empleo pública y deciden preparar oposiciones.


Compatibilizar la vida laboral con los estudios no es sencillo para todo el mundo. Para estas personas que no pueden dedicarse en exclusiva a preparar oposiciones está la alternativa de la formación a distancia o semipresencial que han supuesto un avance en los modelos educativos actuales. Un ejemplo de sistema de formación abierta es la empresa Master-D.

Master Distancia es una empresa líder en formación a distancia y está presente en España y en otros países como Grecia, Portugal, China o Brasil. Sus más de 15 años de experiencia avalan su profesionalidad y la calidad de sus cursos. Su oferta formativa es muy amplia desde cursos para preparar oposiciones, cursos de tipo técnico o profesional, idiomas, postgrados o masters, formación profesional o energías renovables, entre otros.

Uno de los cursos que queremos destacar es el curso de oposiciones de Biblioteca, mediante el cual los alumnos pueden preparar al mismo tiempo las oposiciones a auxiliar de biblioteca, así como las oposiciones de técnico auxiliar de biblioteca. Los temarios son muy parecidos, por lo que es posible preparar ambas oposiciones al mismo tiempo sin duplicar los esfuerzos. Es la única academia del sector que prepara simultáneamente ambas oposiciones.

El curso de oposiciones de Biblioteca de Master-D supone doblar las posibilidades de conseguir una plaza en una biblioteca. A través de una metodología guiada, el alumno puede ir aprendiendo a su ritmo, ya que es un sistema personalizado y flexible, donde los tutores guían a los alumnos en el estudio y resuelven sus dudas. Los temarios son actualizados constantemente.

Para todos aquellos que estéis pensando en preparar oposiciones os recomendamos que consultéis Master-D, empresa de reconocido prestigio en el sector.

Más información en

http://www.masterd.es y http://www.masterd.com



viernes, junio 12, 2009

Un blog sobre recuperación de información en la web

Excelente blog de Francisco Javier Martínez Méndez, profesor en Tecnologías de la Información de la Universidad de Murcia, España.:


"He liberado mi libro sobre Recuperación de Información.
Tras diversos avatares he decidido liberar todos mis derechos sobre este libro que elaboré hacia el año 2004 y hacerla pública a través de esta web. El objeto de la misma, en una primera instancia, no es otro que presentar parte del material que recopilé para la realización de mi tesis doctoral en un formato más dinámico e interactivo que habilitar el acceso al documento en PDF. "
Seguir leyendo en: http://irsweb.blogspot.com/



jueves, mayo 28, 2009

Eco y los impresos


Sus obras tienen repercusión en todo el mundo. Los conceptos que expone Umberto Eco son leídos y escuchados con atención porque abren el camino a la reflexión y, muchas veces, también a la polémica. Días pasados, estuvo en Madrid, donde se refirió al impacto que tienen en la sociedad los cambios en materia de difusión de las ideas y afirmó que la palabra impresa tiene y tendrá gran vigor. Si bien reconoció la transformación que plantean la computación y los medios digitales, el intelectual expresó los textos impresos, como es el caso de los libros, perduran más de mil años, como el público puede observar y admirar en las mayores bibliotecas que hay alrededor del planeta.

Umberto Eco acaba de publicar un libro en Italia con el significativo título de No esperéis libraros de los libros y el martes, en Madrid, defendió la pervivencia del papel frente a los soportes digitales. Pero el reputado semiólogo y popular novelista no apoya el invento de Gutenberg por razones nostálgicas, sino por variados argumentos que desgrana en el citado libro que ha surgido como fruto de un debate con el cineasta francés Jean Claude Carriere. "Desde luego", comentó Eco en una multitudinaria conferencia de prensa, "si tuviera que dejar un mensaje de futuro para la Humanidad, lo haría en un libro en papel y no en un disquete electrónico. Esta mañana (el martes para el lector) he visitado la Biblioteca Nacional y he visto libros que tienen 500 años de antigüedad y si considero los manuscritos he visto algunos ejemplares escritos hace 1.000 años. Ahora bien, no sabemos cuánto puede durar un disquete de ordenador. Los llamados discos flexibles han muerto antes de agotar su capacidad de almacenamiento de datos. En cualquier caso, hemos escrito un libro de 350 páginas para argumentar la larga vida que aguarda al libro en papel".

Seguir leyendo en:

http://www.elpais.com.uy/090523/lault-418838/mirador/Umberto-Eco-proclama-vigor-del-libro-impreso